Humberto Salas Jara

Director Corporativo de Vinculación con el Medio, Universidad Autónoma de Chile

 

Cada época redefine aquello que considera indispensable para participar plenamente de la vida social. Hubo un tiempo en que alfabetizar significó enseñar a leer y escribir; más tarde, incorporar capacidades científicas y digitales. Hoy, en cambio, comenzamos a enfrentar un desafío de otra naturaleza que implica formar ciudadanos capaces de comprender, interpretar y participar críticamente en un mundo crecientemente mediado por sistemas inteligentes.

 

La discusión sobre estas tecnologías suele organizarse en torno a infraestructura, regulación e integración. Sin embargo, una lectura más profunda sugiere que el problema central es otro y guarda relación con la distribución social del conocimiento. La evidencia reciente muestra que los algoritmos no operan en un vacío neutral, aprenden sobre datos producidos por sociedades y comunidades; en consecuencia, pueden reproducir sesgos, amplificar exclusiones y consolidar nuevas asimetrías en el acceso a oportunidades.

 

Desde esta perspectiva, la discusión sobre la inteligencia artificial excede el plano tecnológico, pues no basta con formar usuarios eficientes de nuevas herramientas, sino personas capaces de comprenderlas, cuestionarlas y participar activamente en su orientación. Se requiere construir capacidades para comprender cómo funcionan los sistemas automatizados, reconocer sus límites, interpretar críticamente sus resultados y participar deliberativamente en las decisiones sobre su diseño y uso. En otras palabras, el desafío trasciende la dimensión instrumental y se instala en el ámbito pedagógico, ético y ciudadano.

 

Aquí emerge una responsabilidad histórica para las universidades. Durante mucho tiempo, la misión universitaria fue concebida como producción de conocimiento, formación profesional y transferencia científica. Sin embargo, en la era algorítmica estas funciones resultan insuficientes si no se acompañan de un compromiso más decidido con la apropiación social del conocimiento.

 

En este escenario, la Vinculación con el Medio adquiere una especial relevancia, pues promueve relaciones bidireccionales de construcción compartida donde el conocimiento especializado entra en diálogo con las capacidades, necesidades y experiencias del territorio.

 

Acercar la inteligencia artificial a la ciudadanía no significa trasladar laboratorios hacia las comunidades ni convertir a las personas en desarrolladores tecnológicos. Implica promover nuevas alfabetizaciones digitales que permitan comprender críticamente el funcionamiento, alcance e impacto de los sistemas inteligentes, generando espacios de apropiación social del conocimiento donde estudiantes, académicos, organizaciones, municipios, escuelas y comunidades aprendan conjuntamente.

 

Lo anterior exige abandonar una visión tecnocrática del desarrollo y comprender que educar supone formar personas capaces de interpretar críticamente el conocimiento y reflexionar sobre su impacto en la sociedad. Aplicado a nuestro tiempo, implica desarrollar ciudadanos que no solo utilicen inteligencia artificial, sino que comprendan quién la diseña, sobre qué datos se construye, qué intereses refleja y cómo sus efectos se expresan y distribuyen socialmente. Quizás allí radique uno de los desafíos más exigentes y nobles de las universidades del mañana; no solo preparar profesionales para convivir con sistemas inteligentes, sino contribuir a construir una sociedad crítica, ética y capaz de orientar colectivamente su desarrollo.