Dr. Mauricio Vial Gallardo

Director General de Vida Universitaria y Comunicaciones, Universidad Autónoma de Chile

 

La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en la educación superior no debe entenderse únicamente como una transformación tecnológica, sino como un desafío crítico de gestión institucional. En un entorno donde la digitalización avanza de forma exponencial, las instituciones se ven obligadas a repensar cómo se fomenta el desarrollo integral de las potencialidades de los estudiantes y cómo se garantiza su permanencia y éxito en el proceso formativo. El reto actual para quienes lideran la educación superior consiste en conjugar la eficiencia algorítmica con la profundidad del vínculo humano.

Uno de los pilares fundamentales de esta nueva gestión es la personalización a través del análisis de datos. El uso de la IA y el machine learning  permite a las instituciones procesar grandes volúmenes de información (Big Data) para identificar patrones de conducta de manera temprana. Desde una perspectiva de gestión orientada a resultados, esta tecnología facilita el tránsito de una administración de masas hacia una que atiende las necesidades individuales de cada alumno, permitiendo diseñar rutas de acompañamiento que fortalezcan el compromiso del estudiante con su entorno académico.

Sin embargo, la tecnología por sí sola no garantiza la calidad educativa. Como bien ha señalado la Dra. Carme Ferré-Pavia, académica de Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de Barcelona, el esfuerzo de los medios y las instituciones debe centrarse en generar «diálogos con toda la información que compartan, manteniendo una ética de las comunicaciones reflexiva a través del conocimiento». Esta reflexión es vital: si la gestión universitaria se vuelve puramente algorítmica, corre el riesgo de perder la legitimidad que sólo se construye mediante la confianza y la transparencia.

La evidencia científica, desde la neurocomunicación, revela que la atención es un recurso limitado y que el cerebro prioriza estímulos basados en la carga emocional. Así, la gestión de la vida universitaria enfrenta el desafío de competir en la «economía de la atención»: para asegurar la adherencia al proceso formativo, entendida como la persistencia y compromiso del estudiante, los programas no pueden ser meramente racionales. Deben ser diseñados bajo una arquitectura que genere impacto emocional y sentido de pertenencia.

A veces, en la gestión educativa, parecemos más preocupados por la capacidad tecnológica que por la dimensión humana del aprendizaje. Desde ahí debemos entender que por más que optimicemos sistemas y plataformas, el cerebro del estudiante no se alimenta de la tecnología en sí misma, sino de los significados que logran construir a partir de ella en relación con su propia realidad.

Desde el enfoque de la nueva gestión pública, entendiendo la educación como un bien público, la IA ofrece una oportunidad para reducir la burocracia institucional. Al automatizar tareas rutinarias, permite que las personas dediquen más tiempo a algo insustituible: el diálogo, el acompañamiento y la formación de liderazgo.

Finalmente, el ecosistema digital transforma al estudiante en un «prosumidor» activo, capaz de participar en la creación de conocimiento y en el desarrollo de la vida universitaria. En este contexto, una gestión exitosa será aquella que logre utilizar la tecnología para fortalecer la presencia, la curiosidad y la participación del estudiante, asegurando que el proceso formativo sea una experiencia emocionalmente significativa y socialmente relevante. En nuestro caso, una ExperienciaUA.