Sara Rojas Caipillán

Líder de la Oficina de Inteligencia Artificial de la Vicerrectoría de Tecnologías de la Información, Universidad de Chile

 

El desafío central de la educación superior en la era de la inteligencia artificial generativa no solo trasciende a la simple regulación de su uso, sino que radica principalmente en la urgencia de construir comunidades que la exploren, la cuestionen y la apropien con visión crítica.

Cuando una organización se enfrenta a la irrupción de la inteligencia artificial generativa, su primera respuesta suele ser normativa, se redactan lineamientos, se publican políticas de uso, se define qué está permitido y qué no. Es una reacción comprensible y necesaria, pero insuficiente.

Gobernar la IA generativa al interior de una universidad no es equivalente a regularla. La gobernanza real implica crear las condiciones institucionales para que la comunidad educativa en todas sus dimensiones explore usos éticos y responsables de esta tecnología, evalúe su pertinencia según el contexto específico de cada área y tome decisiones informadas sobre cómo enfrentar los desafíos que implica. Eso no ocurre por decreto, sino que, al generar instancias organizadas y sostenidas en el tiempo, donde docentes, estudiantes y equipos administrativos pueden preguntarse colectiva e individualmente qué significa usar la IA generativa de forma correcta en su propio quehacer.

Esta distinción importa porque el riesgo no es solo que la IA generativa se mal utilice, sino que ello ocurra sin pensar, delegando nuestro aprendizaje y capacidad de razonar a las máquinas. Los modelos de inteligencia artificial generativa son, en última instancia, algoritmos entrenados con datos que reflejan sesgos culturales, lingüísticos e históricos. No tienen la capacidad de cubrir todos los puntos de vista con la profundidad y el matiz que puede ofrecer una persona experta. Este reconocimiento es el punto de partida para comenzar a integrar la tecnología en nuestro día a día de forma que nos apoye en el qué hacer, pero siempre desde una perspectiva crítica. Y ese reconocimiento no emerge solo, sino que requiere de espacios pedagógicos donde se analice, cuestione y converse. Los ejercicios en aula guiados por docentes, son precisamente eso, instancias donde los estudiantes pueden contrastar aquello que la IA generativa produce con lo que el conocimiento disciplinar exige, aprender a identificar sus limitaciones y desarrollar un juicio propio frente a sus respuestas. No se trata de desconfiar de la tecnología, sino de no delegar el juicio.

La inteligencia artificial generativa promete personalizar y democratizar el aprendizaje, adaptar contenidos a distintos ritmos, estilos y necesidades, ampliando el acceso a experiencias educativas de calidad. Lo que en gran medida ya se puede realizar, pero requiere más que solo un prompt.

El potencial de la IA generativa se libera cuando quien la conduce tiene la experiencia para evaluarla, corregirla y orientarla. Un docente con un entendimiento disciplinar sólido puede usar la IA generativa para diseñar experiencias de aprendizaje más ricas, inclusivas y pertinentes para sus estudiantes. No porque la tecnología le reemplace, sino porque la experiencia le guía respecto de qué pedirle, cómo interpretar lo que entrega y dónde las respuestas son insuficientes. La IA generativa amplifica las capacidades del docente, y el juicio de este, multiplica el valor que la tecnología entrega a los estudiantes.

Esto tiene una consecuencia institucional directa. Si el mayor potencial de la IA generativa en educación depende del criterio de quienes la usan, entonces la tarea central de la universidad no es solamente definir qué está permitido, sino invertir en desarrollar ese criterio de forma organizada y continua. Eso es gobernanza activa. Llevar la política o lineamientos internos a una práctica institucional, capaz de reconocer que cada área de la universidad tiene preguntas propias frente a esta tecnología y merece espacios para responderlas con rigor y autonomía.

La educación tiene una oportunidad histórica frente a esta nueva tecnología y aprovecharla exige no solo adaptarse, sino que también aumentar esfuerzos en fortalecer nuestro pensamiento crítico.