Dr. Teodoro Ribera Neumann

Rector de la Universidad Autónoma de Chile y Exministro de Relaciones Exteriores

 

La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en una fuerza transformadora de alcance global. La última encuesta del Foro Económico Mundial dirigida a directores de estrategia (2025) identificó la comercialización de la IA y las tecnologías emergentes (72%), junto con la fragmentación geoeconómica (52%), como las tendencias que más influirán en las estrategias de negocio durante los próximos cinco años.

Desde su masificación en 2022, la IA ha permeado múltiples ámbitos de la vida cotidiana, desde la economía y los procesos productivos hasta la educación y las relaciones personales. De acuerdo con la III Encuesta Nacional de Percepción de la Inteligencia Artificial, realizada en 2025 por la Universidad Autónoma de Chile, el 58% de las personas reconoce haber utilizado estas herramientas para solicitar consejos relacionados con conflictos amorosos, familiares, de amistad u otras situaciones personales.

El uso de esta tecnología continúa expandiéndose. En comparación con la medición de 2024, la encuesta registró un aumento de 12 puntos porcentuales en su utilización para el trabajo, los estudios, las tareas del hogar y la toma de decisiones. Sin embargo, este avance también plantea desafíos relevantes. Cerca del 40% de los encuestados declara sentirse poco o nada capaz de distinguir entre contenidos generados por inteligencia artificial y aquellos producidos por personas.

En un escenario donde la capacidad de verificar la información se vuelve cada vez más compleja, emerge una pregunta de fondo: ¿en quién confiar? Según el Edelman Trust Barometer, los científicos y profesores figuran entre las figuras que generan mayores niveles de confianza ciudadana a nivel global. En Chile, la Encuesta Bicentenario UC 2025 muestra una tendencia similar: las universidades encabezan el listado de instituciones en las que más confían las personas, superando a organismos como las Fuerzas Armadas, Carabineros, la Iglesia Católica, el Gobierno, los tribunales de justicia y el Congreso.

¿Qué papel están llamadas a desempeñar las universidades en este nuevo entorno marcado por la inteligencia artificial, la sobreabundancia de información y los desafíos de la confianza pública? Sobre este tema reflexiona el rector de la Universidad Autónoma de Chile y exministro de Relaciones Exteriores, Dr. Teodoro Ribera.

 

 

1. Vivimos una época en que nunca hubo tanta información disponible. Sin embargo, muchas encuestas muestran que la confianza en las instituciones y en las fuentes informativas está disminuyendo. ¿Cómo interpreta esta paradoja?

No creo que exista una contradicción, sino más bien una consecuencia propia de nuestro tiempo. Durante siglos, el acceso a la información fue escaso y estaba concentrado en pocas instituciones. Hoy ocurre exactamente lo contrario: vivimos inmersos en una abundancia informativa sin precedentes. Sin embargo, disponer de más información no implica necesariamente contar con más conocimiento, ni mucho menos con una mejor comprensión de la realidad.

La información, por sí sola, carece de valor si no existe la capacidad de contextualizarla, contrastarla y validarla. En muchos casos, el exceso de datos, opiniones y contenidos genera el efecto inverso al esperado: confusión, incertidumbre y dificultades para distinguir aquello que es verdadero de aquello que simplemente parece serlo.

La confianza social nunca ha descansado únicamente en la disponibilidad de información. Se construye sobre procesos de validación, evidencia acumulada, transparencia y credibilidad institucional. Cuando esos mecanismos son debilitados o puestos en duda, la confianza se erosiona, incluso en sociedades donde la información circula de manera permanente.

Por ello, uno de los grandes desafíos contemporáneos no consiste solamente en garantizar acceso al conocimiento, sino también en fortalecer las capacidades críticas de las personas para evaluar la calidad de la información que reciben. En ese contexto, la educación adquiere una relevancia estratégica. Una ciudadanía informada no es aquella que consume más contenidos, sino aquella que cuenta con las herramientas intelectuales para analizarlos críticamente y formarse un juicio propio.

 

2. ¿Qué riesgos observa en una sociedad donde resulta cada vez más difícil distinguir entre contenido auténtico y contenido generado artificialmente?

Las sociedades pueden discrepar legítimamente respecto a una infinidad de temas, pero resulta mucho más complejo sostener un debate público cuando ni siquiera existe acuerdo sobre la realidad que se está discutiendo. Esto puede favorecer la desinformación, amplificar prejuicios, profundizar la polarización y debilitar la confianza entre las personas.

Asimismo, existe el riesgo de que la sospecha se vuelva permanente. Cuando cualquier contenido puede ser cuestionado por su posible origen artificial, incluso la información veraz corre el riesgo de perder credibilidad. En otras palabras, no solo enfrentamos el problema de las falsedades, sino también la posibilidad de que la verdad deje de ser reconocida como tal.

Desde una perspectiva institucional, esto tiene implicancias profundas para la democracia, la justicia, los procesos electorales y la cohesión social. Las sociedades modernas funcionan sobre la base de la confianza en determinadas reglas, procedimientos y fuentes de conocimiento. Si esa confianza se debilita de manera sistemática, se dificulta la construcción de acuerdos y aumenta la fragmentación social.

Por eso, junto con avanzar en innovación tecnológica, debemos fortalecer la educación, la alfabetización digital y la formación ética. El desafío no es tecnológico, sino esencialmente humano: desarrollar ciudadanos capaces de ejercer pensamiento crítico en un entorno cada vez más complejo.

 

3. En este escenario, ¿qué papel pueden desempeñar las universidades como instituciones de confianza?

Las universidades tienen una responsabilidad histórica que adquiere una relevancia aún mayor en el contexto actual. Su misión no consiste únicamente en transmitir conocimientos o formar profesionales, sino también en generar conocimiento nuevo mediante la investigación y ponerlo al servicio de la sociedad.

En tiempos donde la información circula de manera instantánea y muchas veces sin filtros, las universidades representan espacios donde las afirmaciones deben someterse a estándares de evidencia, revisión crítica y validación. Ese compromiso con el rigor intelectual constituye uno de sus principales aportes al debate público.

Además, las universidades poseen una característica particularmente valiosa: su vocación de largo plazo. Mientras gran parte de la discusión pública se desarrolla bajo la lógica de la inmediatez, las instituciones de educación superior están llamadas a analizar los fenómenos con profundidad, perspectiva histórica y fundamentos científicos. Esa capacidad de reflexionar más allá de la contingencia permite ofrecer certezas razonables en medio de escenarios complejos e inciertos.

Por supuesto, la confianza no se decreta. Las universidades deben construirla y renovarla permanentemente mediante la calidad de su investigación, la excelencia de su docencia, la transparencia de sus procesos y su compromiso con el desarrollo del país. Cuando una universidad actúa con independencia intelectual y orienta su trabajo al bien común, contribuye significativamente a fortalecer el tejido social.

 

4. ¿Ve a las universidades como un potencial “ancla de confianza” para la sociedad?

Sí, pero con una precisión importante. Las universidades no deben aspirar a convertirse en autoridades incuestionables. La esencia misma del conocimiento universitario es la discusión, la crítica y la revisión constante. Lo que las convierte en espacios de confianza no es la ausencia de debate, sino precisamente la existencia de mecanismos rigurosos para examinar y contrastar las ideas.

Son instituciones cuya legitimidad se basa en la búsqueda sistemática de la verdad, en la valoración de la evidencia y en la disposición a corregir errores cuando nuevos antecedentes así lo exigen. Esa actitud intelectual resulta especialmente valiosa en una época donde abundan las opiniones rápidas, las certezas simplificadas y la información no verificada.

Asimismo, las universidades tienen la capacidad de reunir miradas diversas en torno a problemas complejos. En sociedades crecientemente fragmentadas, pueden transformarse en espacios de encuentro donde el diálogo se desarrolla sobre la base del respeto, la argumentación y la búsqueda de soluciones compartidas.

Desde esa perspectiva, su aporte excede ampliamente el ámbito educativo. Las universidades contribuyen a fortalecer la cohesión social, la deliberación democrática y la confianza en la capacidad de las instituciones para responder a los desafíos colectivos. Esa es una función pública que hoy resulta tan relevante como la formación profesional.

 

5. En una época donde una máquina puede producir respuestas en segundos, ¿qué seguirá haciendo insustituible a una universidad?

Lo que hace insustituible a una universidad es su capacidad para formar personas. La educación superior no consiste únicamente en entregar conocimientos técnicos, sino en desarrollar pensamiento crítico, criterio ético, capacidad de discernimiento y comprensión de la complejidad del mundo. Ninguna tecnología puede reemplazar plenamente ese proceso formativo.

Las casas de estudio también son comunidades de aprendizaje. Son espacios donde estudiantes y académicos dialogan, confrontan ideas, cuestionan supuestos y construyen conocimiento de manera colectiva. Esa experiencia intelectual y humana difícilmente puede ser replicada por una herramienta tecnológica, por sofisticada que sea.

Asimismo, la universidad cumple una función fundamental en la formación de ciudadanos. Las sociedades democráticas necesitan personas capaces de analizar críticamente la información, respetar la diversidad de opiniones y participar responsablemente en los asuntos públicos. Esa dimensión cívica de la educación adquiere aún más importancia en un contexto marcado por la inteligencia artificial.

Finalmente, la universidad seguirá siendo insustituible porque su propósito último no es producir respuestas, sino plantear las preguntas fundamentales. La tecnología puede ofrecer soluciones, pero corresponde a las personas decidir qué problemas vale la pena resolver, qué principios deben orientar esas decisiones y qué tipo de sociedad queremos construir. Esa reflexión, profundamente humana, seguirá siendo el núcleo de la vida universitaria.

 

Dr. Teodoro Ribera Neumann

Rector Universidad Autónoma de Chile